Las paces

Cartel 2014 CastHoy ha terminado el breve ciclo de conferencias “La Europa de las paces”. Como coordinador, todavía estoy algo aturdido por todo lo hecho, aunque reconozco que el trabajo ha sido muy llevadero y he tenido muchas ayudas y complicidades. Todo ha salido a pedir de boca. Con algún contratiempo logístico, siempre los hay, cuya responsabilidad sólo se me puede achacar a mí. Pero me ha sorprendido el buen humor, excelente humor, con que conferenciantes y compañeros se lo han tomado. Con todo tan reciente, me cuesta hacer una valoración del contenido. He disfrutado escuchando las cuatro conferencias, y en todas he aprendido mucho. He disfrutado viendo el interés de los alumnos (no de todos, es cierto, los hay que van porque no tienen más remedio), y viendo que entre ellos había de los míos, de este año y de anteriores, de asignaturas que doy y de alguna que ya no existe. Y he disfrutado fuera del Salón de Actos, en otras actividades menos académicas, pero imprescindibles para seguir teniendo aprecio por esta profesión.

Estas conferencias refuerzan la impresión de que la única manera de avanzar en nuestro conocimiento del pasado es combinar perspectivas; no cerrarnos a historias con adjetivos, sino incluir todo lo posible en nuestro análisis, para dar respuestas matizadas y complejas, capaces de suscitar nuevas preguntas, de abrirnos los ojos a nuevos planteamientos. Preguntarnos por la paz y las paces en la Europa moderna nos ha llevado por muchos terrenos en sólo día y medio; es una prueba de la complejidad de las personas y de las sociedades; de los impulsos contradictorios, por los cuales, en la búsqueda de nuestros objetivos, se contrapesan virtudes y miserias, se articulan ideales e intereses, que a veces sólo se oponen en nuestra mirada desde nuestro tiempo. Reconocer esta dificultad es esencial para entender la historia. Y si este conocimiento nos proporciona comprensión de lo que promovía o perturbaba la paz, ¿no podría ese mismo tipo de conocimiento, complejo, problemático, matizado, favorecer la paz? ¿no es la difusión del saber, del saber genuino y en construcción, de la reflexión conjunta, una forma, en sí misma, de paz?

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2 responses to Las paces


  1. sapashe

    En primer lugar me gustaría agradecerte la organización del seminario, ya que nos ha permitido adquirir conocimientos sustanciales así como aproximarnos a la mentalidad y a los valores de esa miscelánea de ideales y acciones contradictorias propias de la época moderna. Fue-por decirlo de algún modo- un “alivio” ver que esa complejidad tan grande no solo nos lleva quebraderos de cabeza a los estudiantes. Si no recuerdo mal se planteó una cuestión acerca de las voluntades y los intereses, si en aquella sociedad predominaba más una creencia de valores o el interés y la persuasión para conseguir objetivos concretos, y si esto dependía de una estrategia programada o de una contingencia circunstancial. Se concluyó que “probablemente…. puede ser que…”.
    A pesar de los avances y retrocesos que la paradoja plantea pudimos conocer el valor, el significado y la evolución de la paz desde comienzos de la edad moderna hasta el evento bisagra de la Revolución Francesa, y también como en este viaje por el tiempo las formas de proceder mutan hasta configurar las bases de nuestro derecho internacional. Este derecho es palpable, está escrito y tiene un poder coactivo. En caso de conflicto podemos acudir a diferentes arbitrios para regular las tensiones y, ante todo, procurar el mantenimiento de la paz. Sin embargo parece que en la actualidad transcurre un conflicto sino constante, si con previsión de imparable. No hay más que abrir los periódicos o, simplemente, consultar el calendario plagado de huelgas, protestas y demás reivindicaciones ciudadanas, las cuales si se convocan desde sectores y objetivos diferentes, comparten la vuelta de la estabilidad y la defensa del derecho. Conservamos un discurso común que pasa desapercibido por la clase política, aquella que supuestamente nos representa y poseen una autoridad moral (además) para pensar y hacer las cosas bien. Se les cree y supone preparados para tomar decisiones. Entonces algo chirría en todo esto: tenemos claro lo que queremos y a la vez tenemos un gobierno -el cual no llega solo al poder- y para colmo no defiende nuestros intereses. Es algo que me lleva a pensar muchas veces si nuestro mundo está tan articulado como nosotros creemos, o si al menos llegamos a tener siquiera un caos ordenado como “los modernos”. Conllevaría un debate y enfrentamiento de posturas seguramente. No obstante, creo y estoy de acuerdo contigo de que es necesario el contraste de posturas, generar debates sin conllevar conflicto. Considero que para ello es imprescindible mirar por un interés común y no propio. Dejar a un lado las competencias, rivalidades y tener un verdadero interés para construir algo por y para todos. Ser diferente o pensar diferente no es algo negativo, simplemente una alternativa. Quizá lo realmente negativo sea la degeneración de ese pensamiento.
    Como estudiante veo más que nunca la necesidad de entendimiento. Para ver la carencia de la paz no hace falta trascender a asuntos políticos, conflictos internacionales, etc. Está en la propia universidad. Vivimos tan sumamente estrangulados que muchos intentan mirar por encima del otro y no verse como iguales. Hay una insolidaridad profunda. Y nadie es mejor que nadie, y menos cuando las circunstancias no juegan a favor de todos. La consecución de esa armonía no solo depende de nosotros, claro. Ante la desesperación del Plan Bolonia los profesores se han visto desbordados y toman también medidas desesperadas. Lo bueno es que no todos se han equivocado en su proceder, optando por motivar a los alumnos y hacerles participar en clase, protagonistas de un debate y “mantenerlos alerta” al mismo tiempo que absorben los conceptos. En ese momento profesor ejemplar y alumnos se unen y crean un vínculo, con un interés común: formar historiadores y conseguir ser historiadores. Y el buen discurso que se extrae de la clase se consigue siempre y cuando nadie intente, con perdón de la expresión, chafar a nadie. Tener fe y esperanza en las personas no debe ser algo secundario, por mucho que algunos se lo ganen a pulso.
    “Que reine la paz, sin ausencia de debates y contrastes. “

    • Juan Francisco

      De todas las cosas interesantes que dice Sara en su comentario, lo que más me ha llamado la atención es la “insolidaridad profunda” que denuncia, incluso en la Universidad. Siempre ha habido rivalidad. En otro tiempo, incluso, era lo que se esperaba: la lucha sin cuartel por estar por encima del otro; había hasta una frase hecha, que valía para todo, ya fuese la facultad, el trabajo, el deporte, etc.: “O pisas, o te pisan”. Y eso justificaba cualquier cosa. Creía que esos latiguillos estúpidos eran cosas del pasado, de la época en que se hacían películas tipo “Wall Street”, y que la crisis se lo había llevado por delante. Pero resulta que no, que el afán de quedar por encima cueste lo que cueste está más vivo que nunca. En el fondo son relaciones de poder, basadas en utilizar nuestros recursos, económicos, culturales, académicos, sociales…, para lograr nuestros fines sin importarnos mucho las aspiraciones y los derechos de los demás. Leí hace poco una invitación a cambiar nuestra idea del uso que se le da al poder y utilizarlo en beneficio de los demás. No vale sólo para los poderosos, sino para todos, que constantemente, en cualquiera de nuestras actividades ejercemos algún tipo de poder que influye sobre los demás; se trata de proponer actitudes distintas de las habituales, a saber: “el perdón sin límites en vez de los arreglos de cuentas, la reconciliación sin reservas en vez del encastillamiento en la propia postura, la superior justicia del amor en vez de las continuas polémicas sobre derechos, la paz que supera a las razones en vez de la lucha despiadada por el poder”. Lo escribió Hans Küng hace cuarenta años (Ser Cristiano, 4ª ed. esp. 1978, p. 750; 1ª ed. alemana, 1974). No se trata de renunciar y sacrificarse siempre, sino de cambiar la forma de entender el poder, que, si no se orienta hacia el beneficio de todos, no sirve sino para el perjuicio de la mayoría. Es una cuestión de ética, no ya cristiana sino humanista, que piense en la persona, y no en abstracciones como la nación, la clase social, o las estadísticas; y que, en nuestras relaciones, nos ayude a que unos y otros nos vemos como personas, y no como medios para lograr nuestros fines.

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