Carreras

Detrás del final de las licenciaturas y de su reemplazo por los grados ha estado el afán por la excelencia y por la convergencia europea, metas que se veían complementarias; persiguiendo indicadores de calidad, las carreras se han planeado para satisfacer a esos dos ídolos. Inevitablemente, los criterios para acreditar y evaluar se vuelven homogéneos, y competencias y resultados, en la carrera del estudiante, y en la del profesor y el investigador, también. El cumplimiento de guías preestablecidas llena la vida de alumnos y profesores, con poco margen para improvisar, para (paradójicamente) innovar, para mantener una postura propia, y hasta para pensar. ¿Se trataba de esto? Y, sobre todo, ¿vale la pena? Como no lo sé, me limito a recordar que es posible vivir al margen de la fiscalización académica. Al menos esa imagen se nos ofrece de la socióloga neerlandesa Saskia Sassen. Claro, esto no está al alcance de todos, pero da que pensar.

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5 responses to Carreras


  1. Emilio

    La respuesta que yo daría sería relativa. ¿Por qué? porqué aunque la intención principal de este tipo de políticas sea el exterminio de la mediocridad docente que impera (por desgracia) en la universidad, lo que se consigue es, a su vez (y que, en mi opinión es terriblemente alarmante), capar y eliminar la creatividad y la originalidad de un grupo de profesores que, con el tiempo y dependiendo también del grado de implicación de los alumnos, han conseguido desarrollar e implantar en sus clases una metodología pedagógica basada en el diálogo y en el debate (una relación bidireccional alumno-profesor como la que hemos sido capaces de generar y disfrutar este año en la ya fallecida asignatura El Estado Moderno).
    Es por ello que si tengo que posicionarme yo lo haría en contra de tales medidas puesto que, en mi humilde opinión, merece más la pena la preservación y la promoción de estos profesores (por muy escasos que sean) que la represión de la mediocridad (que, por otra parte, nunca -ni siquiera con estos planes- va a ser extirpada por completo de la universidad).

  2. Ana

    Creo que la crítica de Sassen es justa y necesaria. Ahora bien, para valorarla en su justa medida tenemos que tener en cuenta que no se trata de una investigadora freelander, como pareciera dar a entender el texto de El País. En efecto, no ha conseguido sexenios, ni acreditaciones, pero hay que conocer el sistema norteamericano para saber qué implica tener una cátedra en una universidad como Columbia, previamente en la de Chicago, y antes además haber sido fellow en Harvard. Los libros de Sassen no han sido publicados por editoriales discretas, si no por las grandes editoriales universitarias estadounidenses. No creo que sea un ejemplo de “humildad” académica. En cualquier caso, lo que yo plantearía (y esto es una idea robada de algún artículo que leí hace tiempo) es que el problema ha sido obsesionarnos con una palabra: “excelencia”. La hemos tomado como el signo opuesto de “mediocre”, que, a su vez, hemos asumido en su acepción más negativa: “tirando a malo”. La mediocridad, en realidad, responde a la medianía. Una calidad media, que hemos despreciado persiguiendo el brillo de la excelencia. La pregunta es si es excelencia lo que necesitamos, o “simplemente” calidad. Una calidad variable, con capacidad para moverse entre buena, muy buena y, finalmente, excelente. Digo “finalmente” porque la carrera investigadora (y considero la docencia como una parte imprescindible en ella) debería permitir y valorar lo extraordinario, pero también lo ordinario. La excelencia es un estado menos habitual de lo que nos gustaría, sin que esto signifique que cualquier otro sea despreciable. La pregunta pues no sería qué es excelente, si no cómo conseguir la excelencia, como una meta, no como el punto de partida de esa carrera investigadora que, por otro lado, a pesar de estar bien definida desde instancias ministeriales, igualmente tiene sus entresijos, atajos y (¿por qué no decirlo?) trampas.

    • Juan Francisco

      Ay! ¿Cómo conseguir la excelencia, sin matarla? Esa es la pregunta. Por definición, favoreciendo lo que sobresale por su superior calidad, y que supera lo común. Pero, para que eso sea posible, lo común debe ser bueno. Para que, de la noche a la mañana, todos fuéramos buenos, se inició un largo proceso en busca de la “calidad”. Ésa fue una de las primeras palabras mágicas; pronto se le añadieron otras: innovación, excelencia, convergencia. Parecía que, a partir de unos acuerdos, unos proyectos, y unas declaraciones de intenciones, que resultaron muy trabajados y requirieron innumerables horas de reuniones internacionales, podría lograrse todo ello. Después, a la hora de aplicarlos, nos quedamos con lo menos sustantivo y lo más utilitario: hagamos determinadas cosas y lograremos ser mejores. En Valencia fueron las actividades complementarias, los controles de lectura, la coordinación docente…, incluso generosamente, nos regalaron a todos un libro apasionante, “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”, traducido para la ocasión por un profesor de la casa, y púlcramente editado por nuestras prensas universitarias (era el lejano 2006, y aún nadábamos en la abundancia). Aparte del insulto que implicaba enviarnos a todos el breviario de lo que “debíamos hacer”, porque, obviamente, lo que veníamos haciendo estaba mal, implícitamente se cuestionaba la docencia tradicional, la clase magistral, los apuntes y todo eso; pero la nueva docencia nacía encorsetada por las nuevas actividades que había que hacer (siempre la obsesión por el hacer, por adquirir capacidades para hacer cosas; qué pocas veces la preocupación por pensar). Algunos despreciaron esas actividades; otros las adaptaron a su modo de operar habitual; unos pocos intentaron seguir el espíritu y la letra de la “innovación” o la “convergencia); y los alumnos, claro, se desesperaron sin saber cómo seguir a unos y a otros, y sin tiempo para pensar en lo que estaban viviendo. Y en ese mar seguimos naufragando: el de la calidad para todos.
      En resumen: si apostamos por la calidad, tendremos que medirla. Y para medirla hacen falta indicadores objetivos. La tasa de realización de todas esas actividades que prometemos hacer en nuestras guías docentes, es el criterio para medir la calidad. El mismo exactamente que se emplea en una fábrica: establezca usted un protocolo de producción y, en la medida en que lo siga, logrará su evaluación de calidad. Esto es lo que significa “calidad” en el mundo de las agencias de evaluación. De ahí la obsesión por “hacer cosas”. Tal vez perderemos el alma, o la inteligencia, pero habremos ganado en excelencia.

      • Ana

        Sin que mi discurso parezca una defensa de lo “tirando a malo”, pensemos en instancias en las que los baremos de calidad no son muy evidentes, al extremos de preguntarnos si es que existen, o sólo existe el cartel de “excelente”. Por ejemplo, nunca he asistido a una tesis doctoral que no haya sido calificada con el correspondiente sobresaliente-cum laudem. Según he podido comentar con otros colegas que se encuentran en una posición parecida a la mía, el resultado es un laberinto y mucha incertidumbre, cuando no decepción y resquemores, porque quizás uno siempre piensa que su camino hacia la excelencia es el verdadero, pero los resultado puede que no nos den las razón, entonces… Ahora el quebradero de cabeza no es sólo si sacarán una plaza o no, si no además qué se va a valorar para ocuparla, es decir, en qué demonios consiste eso de demostrar esa excelencia que se supone se ha estado cultivando. Alguien lo tiene que tener muy claro, pero otros no, y entonces vienen los comentarios sobre los enchufes, las endogamias, y demás elementos sumamente distorsionadores de cualquier baremo de calidad, y también de paciencia.

        • Juan Francisco

          Estoy de acuerdo en que la medianía no es mala. Es más, en un mundo normal, la medianía se llevaría la mayoría de las plazas, contratos, becas…, sencillamente porque lo excelente es excepcional y no habría suficientes excelentes para cubrir las plazas. Pero en nuestro mundo lo excepcional son las plazas. Parece lógico que, habiendo poca oferta de plazas, acceder a ellas sea más costoso, exija demostrar más cosas, y mejores. Pero si no se fijan los criterios de la excelencia, podemos adjudicar plazas y contratos de forma arbitraria. Así de sencillo.

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